Eran mediados de Junio, quedaba poco para las vacaciones de
verano, estaba sumamente impaciente, no nos veíamos desde hace mucho tiempo a
causa de aquellos malditos kilómetros que nos separaban.
Habíamos estado hablando desde que te fuiste, no importaba
si teníamos que estudiar o hacer
cualquier cosa, nuestra conversación diaria no nos la quitaba nadie. Aquello me hacía muy feliz, pues a lo largo de toda mi vida ningún chico se había interesado
tanto en mí como tú lo hacías, así que se podría decir que fuiste el primero.
Te preocupabas muchísimo por mí, me tratabas como a una
auténtica princesa . Pero, sin duda, lo que
más me llenó de alegría fue despertarme aquel 14 de febrero y encontrar al lado
de mi cama un enorme ramo de rosas rojas. No sé cómo te las ingeniaste, pero
conseguiste hacerme muy feliz.
Por fin llegó el día, 1 de Julio, quedaban exactamente 8 horas
para poder volver a verte, no cabía en mí de la emoción.
Estaba preparándome para ir a esperarte en la estación de
tren, cuando de pronto alguien tocó mi puerta. No tenía idea de quién podía
ser, así que abrí y… Allí estabas tú. Las palabras de felicidad no conseguían
salir de mi boca y lo único que pude hacer fue correr hacia ti y abrazarte lo
más fuerte que pude.
El verano empezaba de lo más fabuloso, todo transcurrió muy
rápido, casi como en un abrir y cerrar
de ojos, vivimos momentos fantásticos llenos de amor y felicidad, pero esa, es
otra historia…
No hay comentarios:
Publicar un comentario